La ideología transgénero no apoya a las mujeres

La ideología transgénero es un caos. Sus ideas centrales son inconsistentes entre sí, tienen poco apoyo de la ciencia o de la ética del análisis del poder y están tan divorciadas de la realidad que obligan a una total suspensión de la incredulidad para poder mantener la cabeza fría y no sufrir disonancia cognitiva.

 

Aunque trazo una distinción entre quienes somos transexuales y quienes se identifican como transgénero, todo lo que señalo aquí se aplica a ambos grupos.

 

He aquí algunas de las cosas que la ideología transgénero tiene que hacer para mostrarse a favor de las vidas de las mujeres:

 

  1. Aceptar que el feminismo y otros movimientos de mujeres no se centran, y no deberían, en la gente transgénero. En este momento, lo trans domina las discusiones e incluso provoca enormes fisuras ideológicas dentro del feminismo; sin embargo, en las noticias del día de hoy en el Reino Unido (22 de junio de 2015), informes de estadísticas hospitalarias muestran 632 nuevos casos de mutilación genital femenina en los Midlands Occidentales (por lo visto “se lleva a las niñas a Birmingham a que las corten”) de septiembre de 2014 a marzo de 2015.

 

  1. Aceptar que las ideas en que se basa la identidad de género innata tienen un vínculo tan endeble con la ciencia observada que a duras penas llegan a conjetura. Cuando la gente transgénero alega ser mujer (u hombre), depende por completo de esta suposición de que hay una identidad de género innata, y si se la quitamos despojamos a su activismo del manto de movimiento por los derechos civiles que defiende la lucha de una minoría oprimida. Queda así de manifiesto que, por el contrario, es en realidad el lobo feroz del activismo por los derechos de los hombres pero travestido, soplando y soplando contra las mujeres y el feminismo.

 

  1. Aceptar que sexo y género no son la misma cosa. El sexo es una realidad biológica basada en el potencial reproductivo y género es el sistema social que daña a las mujeres al estereotipar el comportamiento, al darles a ellas los estereotipos negativos y a los hombres los positivos; el género es opresión, no un derecho individual. Todas las transmujeres son por definición biológicamente machos: son socializadas como niños y luego por lo general hacen una “transición” de adultos, aunque en el ambiente de ahora parece estar volviéndose aceptable que los niños “transicionen”, algo que debería estudiarse críticamente en lugar de aceptarse incondicionalmente. Nuestra realidad biológica subyacente no cambia en lo fundamental; esto no es un juicio de valor sino un enunciado neutral sobre un hecho de la realidad. No es ni bueno ni malo, simplemente es, y ser mujer no es un sentimiento o algo a lo que pueda accederse a voluntad.

 

  1. Respetar el feminismo, y esto incluye la “segunda ola”, sin la cual los derechos actuales de las mujeres, sus estructuras de apoyo y organizaciones, no existirían. Aceptar que el feminismo es para y sobre las mujeres y las niñas, no para y sobre las transmujeres. Está mal insistir en que el feminismo se centre en las transmujeres: eso fuerza a la mayoría oprimida a centrarse en los intereses de una parte de la clase opresora masculina. Las mujeres ni oprimen a la gente trans ni tienen sobre ella un privilegio en lo que respecta al género.

 

  1. Dejar de alegar que son mujeres basados en la suposición, desacreditada y sin base científica, de que hay un “sexo cerebral”. A esto se lo llama “neurosexismo” y es la idea sexista que se ha usado por milenios para estereotipar y oprimir a las mujeres. Son nuestros cuerpos lo que hacen a los humanos sexualmente dimórficos, y el “cerebro sexual” no puede tener lugar en ningún movimiento moderno por los derechos civiles.

 

  1. Dejar de insistir en que se borre el lenguaje apto para describir a más del 50% de la población con tal de satisfacer los frágiles egos de ese 0.3% que constituye la gente trans. Esto significa respetar el derecho de las mujeres a poder describir sus cuerpos y sus experiencias y también deshacerse del prefijo “cis”, que es intrínsecamente redundante y se busca imponer a la fuerza: ya tenemos una palabra para llamar a las mujeres, a saber, mujeres. El pene es el órgano sexual masculino y las vaginas son el femenino. Así es como funciona la reproducción humana.

 

  1. Reconocer que las vidas trans son diferentes a las vidas de las mujeres y que las mujeres tienen derecho a sus propios espacios, que siempre deberían ser respetados. No es aceptable atacar en nombre del transactivismo instituciones de mujeres que existen para apoyar a mujeres vulnerables.

 

  1. Tener discusiones honestas sobre la autoginefilia. Eso es algo real. Actualmente se niega su existencia, a pesar de que mucha gente trans reconoce que ha sido una motivación para transicionar y a pesar de que la pornografía constituye una parte central de la cultura transgénero. No puede lucharse honestamente por los derechos de la gente transgénero y a la vez negar que exista la autoginefilia.

 

  1. Aceptar y reconocer explícitamente que las lesbianas son mujeres que se sienten atraídas por mujeres, no por transmujeres, y que el “techo de algodón” es una manera de coaccionar sexualmente a las lesbianas avergonzándolas. Ninguna lesbiana es intolerante o transfóbica ni está llena de odio por el hecho de tener unos límites que excluyan a las transmujeres. Eso tendría que respetarse, y a quienes no lo hacen, sus pares tendrían que amonestarlos, sobre todo a los que se ganan la vida con actividades de explotación como la pornografía. También deberían aceptar que la palabra lesbiana les pertenece a las mujeres.

 

  1. Aceptar que los hombres y las mujeres son socializados de maneras fundamentalmente distintas, y que, sí, hay la “socialización masculina” y la “socialización femenina”. Reconocer que es inaceptable insultar a mujeres u otras transmujeres y amenazarlas de muerte por internet. Critiquen el problema de la violencia masculina y dejen de culpar a las mujeres de sus dificultades; esto se extiende al acrónimo “TERF”, que se emplea tanto y de modo tan indiscriminado que su esencia y significado son de suyo peyorativos.

 

  1. Se vale estar en desacuerdo con otras personas: precisamente para eso son las conversaciones y debates, y podemos hacerlo sin que se vuelva un asunto de vida o muerte. No es aceptable que acalles todo debate que no puedas dominar.

 

  1. Aceptar que la realidad es un obstáculo para que el término transmujer consiga hacer de las transmujeres un subconjunto de las mujeres. Decir que “las transmujeres son mujeres” es una manera de borrar las vidas y experiencias tanto de las mujeres como de las transmujeres, y en el mejor de los casos hace que las transmujeres parezcan rotas. ¿En verdad así se sienten las transmujeres? Y en todo caso, si esa afirmación es cierta, ¿a qué viene lo de trans? Del mismo modo, la idea de que “se nos asigna coercitivamente el sexo al nacer” nos hace partir inmediatamente de un sitio de inferioridad o como personas defectuosas. Eso no es aceptación de uno mismo: es una crasa negación de la realidad.

 

Y lo más importante: quienes son transgénero tendrían que aprender a aceptarse sin vergüenza tal como son y entender que la gente a la que más le deben, y de la que más pueden aprender, son las mujeres.

 

(Publicado originalmente en el blog Gender Apostates el 24 de junio de 2015)

 

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